Tras varios meses de no venir por aquí, si te soy sincera no sé por dónde empezar. He unido cabos y he soltado algunos nudos, he leído montones de libros inspiradores relacionados con eso que llamamos “naturaleza”… y aquí y ahora, dejar que mis dedos transcriban lo que mis entrañas, con ese idioma suyo tan gutural y viscoso, se digan, hace que las mariposas de mí estómago dancen (de nuevo). Dentro escucho algo así como: “Dale, Enara, dale!”

Quizá el título te parezca un poco “oscurito”, sin embargo, te pido que me des una oportunidad, sobre todo porque últimamente, me siento más lejos de retozar en la herida, y mucho más cerca de poner en valor lo que aún late, aunque muchas veces, y es lo que vengo a argumentar por aquí, pienso que nacen del mismo lugar.

La Vida se está haciendo en mí, a través de mí. La vida me atraviesa y estoy aprendiendo a dejar que así sea. Cuando toca “arriba”, pues ahí, cuando toca “abajo”, pues ahí también.

Podría empezar esta renovación hablando del anhelo de ser bosque sobre el que llevo tiempo sentipensando, o de las conexiones que he recordado en este tiempo conmigo misma y con otres seres sintientes, o sobre las que aún ni siquiera soy capaz de ver, pero que echo profundamente en falta. Sin embargo, inspirada por estos días en los que, después de 18 meses de recorrido, me/nos coronamos con Venus como estrella del cielo y terminamos ciclo, he decidido empezar por el principio que se anuncia con este final.

Recapitulaciones venusinas

El 10 de julio Venus estará en su máxima altura (si tienes ocasión de mirar al cielo del oeste en el atardecer, puedes saludarla, está preciosa!). Es, por tanto, momento de recapitular, de recoger las perlas asomadas, coronarme/nos (y celebrar!), sabiendo, eso sí, que pronto volveremos a agachar la cabeza, haciendo una humilde reverencia, para volver a empezar. Lo cíclico es así, no hay un sitio en el que quedarse apalancada. La espiral infinita en la que estamos montadas, continúa su viaje por las aguas insondables que somos.

Si eres fan como yo de recapitular cada cierto tiempo, te animo a que eches la vista atrás y observes/anotes/escribas sobre lo que ha ocurrido en tu vida desde enero del 2022. Te prometo que el ejercicio no te dejará indiferente ^^

Me corono con (un poco más de) autonomía interdependiente; conociendo (un poco mejor) mi fuerza interna, los auto-agarres que (me) tengo y también aquello que ya no (me) sirve y que se ha quedado por el camino; valorando (mucho) las cuerdas (quizá algo más gruesas y tiernas) que me unen a otres. También honro mi camino, ese que como te decía voy aprendiendo a que la Vida haga a través mi.

Una salita allí abajo

En esta punta de estrella (en Capricornio), he hecho mi (mejor) intento (hasta el momento) para seguir reconociendo mi inframundo propio (que a veces también es transpersonal), aquel en el que estuvimos de lleno en octubre del 2022.

El otoño para mí fue tremendo. Y entonces, en medio de esta tremenditud, fue cuando pude ver claramente, por las grietas de luz que voy abriendo en cada viaje (y de maneras más o menos amables conmigo misma), que si hay algo que caracteriza al inframundo, es que nunca sabes lo grande y lo profundo que es, y también que, probablemente sea el lugar de nosotras mismas que más amor y compasión necesita. Y por supuesto, que no es un “sitio” opcional, sino más bien un espacio al que somos arrojadas, arrastradas o llevadas con cierto cariño de vez en cuando. Porque la Vida es así, hay muerte, dolor y tristeza. Y eso también es la Vida que se hace a través de cada cual.

Yo utilizo el término “inframundo” porque resueno mucho con el mito de Inanna (y de Eresquigal!), pero tiene muchos sinónimos: Lo oscuro, lo inconsciente, las aristas de la personalidad, los charcos internos, “ese estado del que siempre quiero huir”… ¿Cómo lo nombras tú?

También la Premen (como tantas veces te he contado) tiene, en mi opinión, mucho de fase-inframundo. Sostengo (como te cuento con voz-propia, aquí), que antes de que nos baje la Menstru, somos invitades a estar un ratito surcando esas aguas, o un ratazo. Lo que toque. Y para ello, lo que quiero nombrar por aquí, es la importancia de conocer (y reconocer y reconocer ….) este espacio, y quién sabe, si incluso, hacerte una salita de estar con almohadones y mantas calentitas allí mismo. Si queremos dejar de huir de lo incómodo, mejor ponerlo ciertamente gustoso, ¿verdad?

Yo me imagino este espacio (aunque no siempre lo siento así) como mi propia casa de reposo en la que sentarme a respirar cada emoción incómoda, en donde me doy la oportunidad de bajarlas a tierra, y poder ver con una perspectiva más amplia. Es cierto que a veces los lodos me atrapan, porque ciertamente, la insondabilidad del lugar es impresionante. Entonces he de recordarme las cuerdas que me tengo amarradas (sobre todo para no caer en victimizaciones innecesarias que alargan la agonía), o a las que puedo recurrir (normalmente vía conversaciones amorosas con mis compas) para poder “salir”, o al menos, para conseguir una infu y una lamparita de sal que hagan más amable la necesaria estancia allí.

Recordar (y anclar) conexiones en el Inframundo

En algún momento de mi vida pensé que lo mejor que podía hacer era quedarme allí. A veces es tan abrumador el dolor, ¿verdad?… Hoy sé que la cosa no va así. Que, por mucho salón con chaisse longe y soledad elegida que me prepare, por mucho gusto (un poco extraño) que a veces pueda darme quedarme ahí, bajar, siempre siempre, implica subir. Y no lo digo como una frase mister wonderfulista, lo digo, porque es allí donde siento que podemos recordar qué hacemos aquí, encarnadas, en la Tierra, respirando y siendo respiradas por la biosfera, a cada instante y en cada aliento. Por lo que ‘subir’, poner en práctica esas perlas y comunicarlas, es realmente imprescindible.

Las oportunidades de anclaje a la vida, tal y como voy comprendiendo yo esta movida del vivir, están allí abajo, no existe un árbol sin raíces, y para nosotres, la movida (parece ser que) funciona parecido. Tierra nutritiva que te alimenta y te cuestiona al mismo tiempo, miles de familias de bichitos viviendo en(tre) tus raíces y entrañas, un proceso que sin el Sol, las ramas, las hojas y la fotosíntesis de ese gran arriba, no completa el ciclo.

El amor incondicional de los árboles (el que tienen por la vida, por los seres sintientes, por les humanes), me tiene muy inspirada últimamente, y me está ayudando a comprender, que, además de como sostenía antes sobre lo anticapitalista de la Premen que se deja estar en ese “cuarto oscuro,” y lo que cambia el ciclo menstrual (y la Vida!) cuando te permites llorar en “esos días”, la sensibilidad, la atención, el gozo de lo sentido, el poder mirar con todos los poros la grandeza humilde, generosa y derrochadora del entorno “natural” (y de une misme), es consecuencia de esas aventuras de espeleología que hacemos a nuestros abismos.

Esto me hace sonreír, y de vez en cuando, al sentir la Vida tumbada sobre la hierba o admirando los cientos de detalles de los árboles o escuchando el siempre alegre canturreo de los pájaros, una fuerte emoción me invade por dentro y termino llora-riendo en un momento presente que se me hace eterno y que al mismo tiempo sé que es fugazmente efímero.

No hay salitas sin obras

En realidad, considero que el inframundo es en sí mismo un vacío fértil que todes tenemos dentro. Sí, hay fantasmas, sí, puede dar mucho miedo. ¿Pero que sería esto de vivir si no tuviéramos suficiente tierra nutritiva para seguir expandiendo (y enredando!) más y más nuestras raíces, más y más abajo? ¡Yo al menos, me aburriría mucho!

Para terminar, me gustaría recordar(me/nos), que no hay espacio molón sin obra, sea más artesana o más sofisticada. Cuando queremos trasformar algo, no podemos hacerlo sin ponernos manos a la obra. Por lo que quizá, medir, pintar, amueblar y decorar ese espacio interno que tantas lágrimas suele traer, sea cosa de ir allí más a menudo, y que, a poder ser, no sea únicamente arrastrada por esos episodios dolorosos o tristes (que también son vida), sino que sea por voluntad propia.

Puede haber muchas formas para llevarme de la mano hasta ‘ahí’, de hecho, las hay. A mí me sirven los ratos de soledad elegida, los paseos con Maia, la escritura, la observación sin hacer “nada más” y también la práctica (novata, pero disciplinada) del taichi, en donde toco, aunque sea por unos instantes, un centro que estoy aprendiendo a reconocer y a habitar, en donde sé que también se halla mi inframundo.

Y tú, ¿cómo llevas este procesazo de amar lo que menos mola?, ¿cómo lo haces?, ¿cuáles son tus estratégicas?, ¿cómo van las obras de tu casa? 🙂 ¡Te leo encantada!


*La foto de este post es de un lugar que tengo el privilegio (y el reto!) de cuidar en el que, este año por primera vez (que yo haya sido capaz de ver), han crecido montones de milenramas 🙂 El día que escribí este texto, leí que esta planta tiene muchas propiedades curativas, y que se le asocia con mi querida Venus. He puesto un ramillete colgando de una de las paredes de mi sala de estar del inframundo para poderme hacer infus curativas en mis estancias allí abajo 😀

**El recurso-inspiración que va asociado a la newsletter de este post (9 de julio del 2023), es la maravillosa conversación-presentación del libro de Mariana Matija Niñapajaroglaciar,  en la que también habla de estos temas. Y, además, estoy enamorada de esta mujer 😉 <3

***El título de este post está inspirado en el taller de unas compas arquitectas (y feministas), que se titula “Una sala de estar en la plaza”, al cual tuve el gusto de asistir hace poco.